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Mitos, Curiosidades y Leyendas de la Semana Santa de Sevilla

Por la Redacción de Canicofrade ·

Con más de cinco siglos de historia ininterrumpida, es lógico que la Semana Santa de Sevilla esté envuelta en un denso manto de leyendas, mitos populares, anécdotas y curiosidades. Historias que han pasado de padres a hijos a través de la tradición oral, mezclando verdades históricas con el realismo mágico propio del pueblo andaluz. Repasamos algunas de las más célebres.

El Gitano 'Cachorro' de Triana

Quizás sea la leyenda más famosa y escalofriante de la imaginería. Se dice que en el siglo XVII, el escultor Francisco Ruiz Gijón buscaba desesperadamente la inspiración para reflejar el rostro exacto de un hombre en el momento de expirar, para su talla del Cristo de la Expiración.

Cuenta la leyenda que escuchó un tumulto y presenció cómo un gitano trianero, conocido como 'El Cachorro' por sus bellos rasgos, caía apuñalado mortalmente en una riña. El escultor memorizó la agonía en el rostro del moribundo, esa tensión final, la mirada al cielo y la contracción de los labios, plasmándolo después en su obra maestra. Al procesionar el Cristo por las calles de Triana, los vecinos exclamaron atónitos: "¡Mirad, si es el Cachorro!". Y con ese nombre se quedó para siempre.

El "Pique" Histórico: Macarena vs Esperanza de Triana

Sevilla es ciudad de dualidades (Sevilla y Betis, Joselito y Belmonte) y la Semana Santa no es menos: La Esperanza Macarena y la Esperanza de Triana protagonizan la gran dualidad mariana.

Existen decenas de leyendas sobre "piques" entre ambas. La más repetida, aunque falsa históricamente, asegura que los famosos "armaos" (la centuria romana que acompaña a la Macarena) pertenecían originalmente a la hermandad de Triana, y que los macarenos los compraron en una taberna pagando los uniformes con vino o dinero, arrebatándoselos a los trianeros. Otra anécdota real ocurrió cuando ambas cofradías quedaron atrapadas por la lluvia en la Catedral y tuvieron que retornar de día, sucediendo encuentros multitudinarios y fervorosos debates callejeros sobre qué Virgen era la más bella.

El Costalero Número 13 del Gran Poder

En la antigüedad (hasta los años 70), los pasos no eran llevados por "hermanos costaleros", sino por cuadrillas de estibadores del puerto pagados por las hermandades. Se dice que una Madrugá, un paso del Gran Poder pesaba excepcionalmente y los costaleros no podían con él.

El capataz notó que un misterioso individuo se había metido bajo las trabajaderas, de número 13. Tras salir de la Catedral, el desconocido desapareció. Cuando contaron el dinero de la paga, sobraba una parte. Muchos aseguraron que aquel costalero no era otro que el propio Señor, que había bajado para ayudar a cargar con su propio peso.

El Capirote, la Inquisición y la Cruz de Guía

El antifaz y el capirote (o coroza), esa vestimenta cónica tan icónica que usan los nazarenos, suele causar impacto (e incomprensión en el extranjero). Su origen se encuentra en la Edad Media y los castigos de la Inquisición. A los penitentes y condenados se les obligaba a llevar un cono de cartón y telas que cubrían su rostro como símbolo de humillación pública, para que meditaran sobre sus pecados anónimamente. Las cofradías adoptaron esta prenda para garantizar el anonimato del penitente que hacía el acto de contrición, elevando el cono hacia el cielo (hacia Dios).

Curiosamente, la insignia que abre toda procesión es la Cruz de Guía. Siempre debe ir iluminada por faroles. Si una hermandad se recoge, la última insignia en entrar en el templo es el paso de palio, pero la Cruz de Guía ya no vuelve a salir; se queda dentro indicando que el cortejo ha finalizado.

El Pelícano del Cristo del Amor

A los pies del Cristo del Amor (Domingo de Ramos) figura una pequeña talla de un pelícano abriéndose el pecho con el pico, rodeado de sus crías. Esta curiosa iconografía proviene de los bestiarios medievales, donde se creía que el pelícano en épocas de hambruna se desgarraba el propio pecho para alimentar a sus polluelos con su sangre. Rápidamente fue adoptado como el símbolo eucarístico por excelencia: Cristo derramando su sangre para dar vida eterna a los hombres. Es un detalle que a muchos foráneos se les escapa, pero que encierra toda la teología de la Semana Santa.

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