La Imaginería Barroca Sevillana: El Realismo de la Divinidad
La Semana Santa de Sevilla no sería concebible sin sus imágenes sagradas. Más allá de su incuestionable valor devocional, los cristos y vírgenes que procesionan por las calles hispalenses son cumbres absolutas del arte universal, fruto de la Escuela Sevillana de Imaginería que eclosionó durante el Barroco (siglos XVII y XVIII).
Tras el Concilio de Trento, la Iglesia buscaba imágenes que conmovieran a los fieles, que acercaran el misterio divino a la realidad humana. Sevilla, rica por el comercio con Indias, atrajo a los mejores escultores, quienes tallaron en madera policromada figuras de un realismo estremecedor, logrando el equilibrio perfecto entre la anatomía naturalista y la unción sagrada.
Juan Martínez Montañés: El Dios de la Madera
Considerado el fundador de la escuela barroca sevillana, Juan Martínez Montañés (1568-1649) aportó un clasicismo sosegado. Sus obras huyen del dramatismo sangriento extremo que caracterizaba a la escuela castellana (como Gregorio Fernández). Montañés buscaba la belleza ideal, la majestad y la serenidad en medio del dolor.
Su obra cumbre en la Semana Santa es, sin duda, Nuestro Padre Jesús de la Pasión (1615). Esta imagen de Nazareno caminando con la cruz a cuestas es de tal perfección anatómica y dulzura en el rostro que se dice que al propio autor le costaba creer que él lo hubiera tallado. Otra de sus grandes obras es el Cristo de la Clemencia (o de los Cálices), en la Catedral.
Juan de Mesa: El Genio del Patetismo Barroco
Discípulo de Montañés, el cordobés Juan de Mesa (1583-1627) llevó la imaginería a cotas de expresividad y patetismo inigualables. Si Montañés era la serenidad clásica, Mesa es el dolor terrenal, la tensión dramática del Barroco pleno.
En apenas un decenio de actividad frenética antes de su prematura muerte, Mesa legó a Sevilla sus devociones más arrolladoras. Creó al Señor del Gran Poder (1620), el 'Señor de Sevilla', una talla de fuerza descomunal donde la zancada y el rostro agotado reflejan el peso de los pecados del mundo. Además, es autor de sublimes crucificados como el Cristo del Amor y el impresionante Cristo de la Buena Muerte (Estudiantes).
Pedro Roldán y La Roldana: El Dinamismo del Final del Barroco
A finales del siglo XVII, el estilo evoluciona hacia un mayor movimiento, vestiduras agitadas y composiciones teatrales. El máximo exponente de esta etapa es Pedro Roldán (1624-1699). En el ámbito procesional, Roldán destaca por sus espectaculares misterios, figuras secundarias llenas de vida que interactúan en la escena, como el misterio del Descendimiento (La Quinta Angustia) o el cristo de La Sagrada Mortaja.
Mención especial merece su hija, Luisa Roldán, 'La Roldana' (1652-1706), la primera escultora registrada en España. Aunque gran parte de su obra la desarrolló en Madrid, se le atribuyen imágenes maravillosas en Sevilla, destacando por su extrema delicadeza, como la Virgen de la Estrella (atribución) o la Virgen de la Regla (Panaderos).
Francisco Ruiz Gijón: El Expresionismo del 'Cachorro'
La culminación dramática del barroco sevillano la firma Francisco Antonio Ruiz Gijón (1653-1720) con una sola obra maestra absoluta: El Santísimo Cristo de la Expiración ('El Cachorro'), tallado en 1682.
Esta imagen representa el instante exacto de la muerte (la expiración). La tensión muscular, la mirada implorante al cielo, el sudario azotado por el viento... es una obra de un dinamismo y una crudeza tan real que la leyenda cuenta que el escultor se inspiró en la agonía real de un gitano trianero apodado 'El Cachorro' tras ser apuñalado.
Las Dolorosas: La Dificultad de la Autoría
Mientras que los Cristos están perfectamente documentados, la autoría de muchas Vírgenes Dolorosas históricas (Macarena, Esperanza de Triana, Amargura) sigue siendo objeto de debate e investigación. Al ser "imágenes de candelero" (solo tienen tallados cabeza y manos para ser vestidas), muchas veces los contratos no se conservan o han sufrido profundas remodelaciones a lo largo de los siglos. Pese a ello, su belleza castiza y su mirada dolorosa y esperanzadora constituyen el mayor tesoro devocional de la ciudad.